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Saborear los alimentos que comemos aumenta la saciedad



Vivimos apurados. Con mucho que hacer y poco tiempo, parece que no nos queda otra opción que hacer varias cosas a la vez. En este vertiginoso mundo de ritmo acelerado y multitarea, con frecuencia nos encontramos atrapados en el hábito de comer de forma apresurada, sin apreciar verdaderamente los matices y texturas que nuestros alimentos ofrecen. Para colmo, las pantallas se han convertido en nuestras compañeras inseparables durante las comidas, desviando nuestra atención.


La duda es: ¿tiene esta prisa al alimentarnos algún impacto sobre nuestra salud? Definitivamente, sí.


Los cinco sentidos en el plato


En el año 1927, Pavlov introdujo el concepto de “respuesta cefálica” para describir cómo nuestro metabolismo prepara al organismo para la ingestión de alimentos. La respuesta cefálica comprende la fase inicial del proceso de consumo alimentario, que involucra respuestas neuronales a estímulos como el olor, el sabor, la textura y la apariencia de los alimentos antes de consumirlos. Nuestro cerebro y nuestros sentidos se emocionan antes de abrir la boca, preparando a nuestro cuerpo para comer.


En esa fase inicial, basta observar la comida para que el cerebro envíe señales que activan la liberación de una hormona llamada grelina. Apodada como la “hormona del hambre”, la grelina marca el comienzo de la ingesta y responde aumentando el apetito, al mismo tiempo que estimula la producción de saliva y ácido gástrico. Esencialmente, la mente prepara al cuerpo para el acto de comer.


¿Y qué pasa después, cuando ya nos llevamos la comida a la boca? Recientemente, un estudio de la revista Nature puso el foco en dos sustancias cerebrales directamente relacionadas con la saciedad, la GCG, que se libera con el movimiento intestinal, y la hormona liberadora de prolactina (PRLH). Cuando se introdujeron alimentos directamente en el estómago de los ratones, las células PRLH respondieron a señales del tracto gastrointestinal. Pero al comer de forma natural y saboreando los alimentos, estas señales cambiaron por completo. Según reveló un análisis más profundo, los estímulos de la comida en boca hacían que la PRLH frenara el ritmo de la ingesta.


Una prueba más de que el simple acto de observar, oler y saborear sin prisas los alimentos desempeña un papel significativo en nuestra relación con la comida.



Fuente: Nature

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